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        ESTOPA DESTRANGIS ¿LA CALLE ES TUYA? VOCES DE ULTRARUMBA    
     
  ENTREVISTA EL SEMANAL (EL PAÍS)  
 
Transcripción suplemento "El Semanal" (El País)
 
   
EXTRAIDA DE:
Supl. "El Semanal" (El País)
FECHA ENTREVISTA:
30 de Mayo de 2004
REALIZADA POR:

Luis Hidalgo

     
 

CON ESTOPA EN SU BARRIO

Los Estopa vuelven a arrasar con "¿La calle es tuya?", pero sus amigos y padres dicen que David y Jose no han cambiado. Hemos visitado con ellos su barrio de Cornellá, ciudad obrera de Barcelona, antes de comenzar su larga gira de verano.

Todo sigue igual, al menos en apariencia. El propietario del bar Avenida continúa reseco como la mojama tras la diminuta barra de su establecimiento. La tele del bar esparce intimidades con el regocijo de sus protagonistas, mientras un par de clientes da cuenta de café y anís. En el exterior, el mismo jubilado de toda la vida pasea simultáneamente su gorra y su diminuto perro, cosa que hace sistemáticamente dos veces al día, desde hace años, con aburrida parsimonia. El sol no llega a la acera detenido por las desproporcionadas medidas de los bloques que flanquean la avenida, uno de los cuales es el techo de San Ildefonso, el territorio de Estopa. Hace no mucho eran simplemente los hijos de Pablo, el del bar La Española, dos chavales más del barrio con biografía escrita incluso antes de nacer: trabajar en la fábrica, casarse, tener hijos y aburrirse en la jubilación. Hace ahora cuatro años, la música alteró bruscamente ese guión, y hoy, David y Jose son lo que más ha cambiado en la ciudad satélite, el barrio obrero de Cornellá.

Queco, de 33 años, casado hace tres y aún sin hijos, continúa moviéndose por allí, pero ya no va a la fábrica junto a David y Jose en el coche de éstos. Sigue haciendo el mismo trabajo que entonces: reparar los robots de la cadena de montaje de la Ahnwerk, máquinas que de tanto en tanto se desajustan. "Mientras yo volvía a poner en marcha el robot, David me cantaba sus canciones. Al principio me daba mucho corte, luego me acostumbré", recuerda. Queco es el mismo de antaño, pero algunas cosas han variado en su entorno: "En la fábrica ya no hay el ambiente de antes; entonces todos éramos del barrio, había mucho trabajo y se podían echar horas para redondear el sueldo. Salías de currar y lo normal era tomarte unas cervezas con los compañeros. Éramos unos 250, mientras que ahora somos 140, y apenas nos conocemos; hay más trabajadores extranjeros, menos trabajo y la fábrica está en venta. Hay muchos currantes que ni saben que en la Ahnwerk trabajaron los Estopa". Queco es parte de la historia del dúo, porque alguna de las letras del primer disco de Estopa las escribió David mientras él reparaba el robot en el que trabajaba el mayor de los Muñoz. El tiempo ha traído a Queco alguna preocupación, "porque tenemos encima un plan de regulación de empleo y es muy difícil animar a los compañeros que se imaginan en las listas de despedidos". Ese mismo tiempo le ha hecho ampliar su vocabulario, y ahora habla de los temores de la "deslocalización". Queco hace tres turnos -de 6.00 a 14.00, de 14.00 a 22.00 y de 22.00 a 6.00-, forma parte del comité de empresa y afirma orgulloso: "Hemos conseguido parar 10 minutos cada dos horas y tener 20 minutos para el bocadillo"

Óscar ya no trabaja en la fábrica, pero tiene un horario tan estricto como Queco. Estudia diariamente preparando oposiciones a funcionario, y ya ha aprobado dos exámenes. Dejó la fábrica en noviembre pasado: "Es lo mejor que he hecho. El jefe, al que aprecio mucho, me dijo que quería llegar a un acuerdo conmigo a fin de no echarme con el expediente de regulación; así que aquí me tienes, estudiando". Óscar, que entro en la Ahnwerk como obrero y acabó en la oficina controlando los procesos de producción, se niega a ser "un parado de esos que se comen la mañana con la María Teresa Campos; yo me dedico a estudiar, y estoy seguro de que sacaré las oposiciones". Reconoce que le hubiese gustado estudiar ciencias políticas, pero se congratula por la suerte de otro de los hijos célebres de Cornellá, el que fuera su alcalde y hoy ministro de Industria, José Montilla. Óscar es el primo mayor de los Estopa, a quienes sigue viendo y con los que coincide en las fiestas familiares, "donde se siguen cantando clásicos de siempre, como El porompompero, no las canciones de Estopa". Él fue quien metió a David en la fábrica: "Le hablé de mi primo a Martínez , el encargado, y él le contrató en la fábrica como antes me había contratado a mí. Martínez conocía a mis abuelos porque eran del mismo pueblo que él, de Guadix, y él era quien nutria de personal a la Ahnwerk".

Martínez ya está jubilado. "Me jubilé por la mujer, porque estaba sola y se aburría", dice al pie del bloque en el que vive, justo al lado del bar Avenida y de la peluquería Peláez, donde David y Jose se cortaban el pelo hasta la adolescencia. "Al principio estás bien porque descansas de tantos años de trabajo, pero luego lo pasé mal porque no sabía qué hacer con tanto tiempo libre. Al final me he acostumbrado", dice Martínez con un castellano lleno de zetas y eses. Es un hombre recio, de rasgos trazados con brocha y manos gruesas y callosas que comenzó a endurecer a los nueve años en una granja de sus pueblo. A los 14 ya estaba en una fábrica de terrazos y a los 29 se marchó a Alemania en busca del dinero que no ganaba en su tierra. Martínez forma parte de la última generación de españoles que fue a trabajar al extranjero, de donde volvió para afincarse en Cornellá: "Tenía idea de volver a Alemania, pero entonces encontré trabajo en la Ahnwerk y me quedé aquí". Martínez forma parte de una historia del mercado laboral que está a punto de ser jubilada por los nuevos usos de un mundo que ya no entiende de lazos familiares ni de amistad. Martínez era una especie de agencia de colocación a la que acudían todos los vecinos que tenían una mínima relación con él, de forma que "durante los años que estuve en la fábrica di trabajo a muchas personas, así que el ambiente de la fábrica era familiar porque todos nos conocíamos; ahora los trabajadores vienen a través de empresas de colocación". Hoy nadie conoce a nadie.

David y Jose recuerdan a Martínez en los mismos términos que Óscar y Queco. "Una persona que no era un simple capataz que te decía lo que tenías que hacer, sino alguien que se preocupaba por las cosas que te ocurrían fuera de la fábrica. Si tenías un problema, aunque fuese de tipo personal, Martínez te podía ayudar. Incluso procuraba hacer fijos a los que se casaban", dice David. Martínez llamaba a David "el loco", porque "era un chaval que me escribía letras en las hojas de producción, y aunque no era un trabajador excepcional, era muy simpático y ocurrente", recuerda el ex encargado de la Ahnwerk. Martínez, jubilado anticipadamente hace un año, reubica su vida paseando con su mujer, visitando a sus hijos y saliendo con los amigos, "que me llevan de un sitio a otro", aunque su mirada parece añorar la dura disciplina de una jornada laboral que se iniciaba y concluía de noche. Martínez es un trabajador a la antigua, de los que poco a poco van desapareciendo: un capataz con acentuada vocación paternal.

También ha desaparecido alguno de los amigos de Estopa, como, por ejemplo, El Pavo, fallecido hace poco víctima de sus excesos. Hace cuatro años ya era incapaz de articular adecuadamente más de tres sílabas. Aun con todo, la mayor parte de los amigos de toda la vida sigue formando parte del universo del dúo, del magma del que extraen las vivencias que luego convierten en canción. El Jandy es uno de ellos, uno de los mejores amigos de David y Jose. Hace cuatro años trabajaba en una empresa haciendo animaciones en 3D y ahora es un autónomo que trabaja por libre: "Me cansé de que cobrasen una burrada por lo que a mí me pagaban una miseria, así que me largué". David sostiene que su amigo se precipitó dejando el trabajo, "porque le podían haber sacado una indemnización o simplemente haber esperado a tener una buena cartera de clientes propios", pero al mismo tiempo reconoce que El Jandy tiene talento para salir adelante. El Jandy vive en un coqueto piso de soltero; es inquieto, un hombre de alambre que en sus ratos libres hace hip-hop, el estilo musical que más le interesa. "Me gusta que insulten, me gusta el hip-hop hardcore, no las moñadas que salen por la tele. El hip-hop ha de ser agresivo", dice recordando la época en la que escuchaba a sus recitadores favoritos junto a David y Jose, otros grandes aficionados al género. El Jandy, que no ha bautizado a su gato "porque no hace caso de ningún nombre, como buen gato que es", ha diseñado las camisetas que los Estopa venderán en su gira, dibuja las proyecciones que se ven en los conciertos del dúo y es también padre de la idea de la portada del último disco. "Yo tuve la idea, pero no llegué a un acuerdo con la discográfica y la han adaptado a su gusto", dice. "Estas empresas trabajan a su aire: te piden siete ideas, escogen la que más les gusta, la modifican a sus gusto y te pagan lo que quieren; no es forma de trabajar. Ya me pasó con el anterior disco: les presenté una idea de la que sólo respetaron el cerdo que parodia el toro de Osborne".

El Jandy no ha visto su vida alterada por el éxito de sus amigos, con los que jugó al baloncesto casi a diario durante el año que se tomaron libre para componer las canciones de ¿La calle es tuya? (BMG). "¿Sabes qué pasa?", dice El Jandy, "que como son del barrio, todos se dicen sus amigos, de forma que yo soy uno más. Ahora resulta que todos les conocen, todos fueron con ellos al cole y todos han salido de copas con ellas. Yo tendría éxito en Teruel diciendo que soy amigo de Jose y de David, porque en Teruel nadie les conoce personalmente y yo podría hacer de intermediario". El Jandy, sin pelos en la lengua, asegura que "David, Jose y yo somos amigos, no clones, así que lo que hacen no tiene por qué gustarme. De hecho, no me gusta, me parece demasiado correcto: una fórmula en la que hay que poner su justa medida de amor, de palabras de barrio, de reivindicación y de costumbrismo". El Jandy es también una persona con sentido común, una de las pocas que afirman haber percibido cambios en la forma de ser de sus amigos. "Bien, no tanto en la forma de ser", precisa, "como en sus preocupaciones. Es normal que en su repertorio conversacional hayan entrado unos temas que han desplazado a otros. Ahora ya no hablan de la fábrica, sino de cómo les irá la gira, de tal entrevista, de lo que dijeron en tal programa. Es normal que se hayan provocado variaciones en sus temas de interés, lo que no significa necesariamente que ellos hayan cambiado".

"¿Cambiar mis hijos?", dice Paula, su madre. "No, para nada. Son los mismos de siempre, igual de respetuosos y responsables que antes". Paula, buena suegra, desliza un argumento muy femenino para explicar la buena marcha personal de sus hijos: "Es que no han cambiado de pareja y eso les ha ayudado mucho. Tienen suerte incluso en eso". Pablo y Paula, los padres de Jose y David, no caben de gozo. "Yo les doy gracias a Dios cada día por habernos dado lo que nos ha dado", dice Paula, aún casi incrédula por la historia que sus hijos han protagonizado. Todavía recuerda que cuando comenzaron a hacerse famosos "yo sentía dentro del pecho unas palomitas que me subían y bajaban". Ahora las palomitas vuelan algo menos, y Paula hecha en falta "poderlos ver como antes, cuando todavía eran míos". El aspecto positivo es que los padres de David y Jose ya no regentan el bar La Española, "porque en los últimos años lo teníamos para ellos, por si la fábrica no les iba bien y necesitaban un lugar donde hacer unas perrillas", dice Pablo. "Además, todo el mundo venía a hacernos preguntas sobre los Estopa, y al final era horroroso, tanto que nos pedían autógrafos incluso a nosotros".

A Pablo le ha dado un vuelco la vida, pues ha pasado de estar tras la barra de un bar a ocuparse de los asuntos económicos de sus hijos, seguirles en las giras y ocuparse de la gestión de sus beneficios. "Joder, es que un par de años han ganado lo que yo gané en toda mi vida de currante", dice, asombrado, antes de reconocer que "si siguen viviendo modestamente, como unos trabajadores, tiene dinero para el resto de sus vidas". Pablo ha tenido que aprender un nuevo vocabulario del que forman parte término como mibor o renta variable. "Hay cosas por las que he tenido que preguntar más de una vez, porque no acababa de entenderlas, pero ya me he puesto al día", dice con satisfacción. De hecho, su mayor orgullo es "que nuestros hijos nos hayan retirado; creo que es lo máximo a lo que puede aspirar un padre". A sus 54 años -alguno menos tiene Paula-, ambos tienen toda una vida por delante para gozar, entre otras cosas, de la casita que les han comprado sus hijos. "Son unos chavales normales que no han cambiado su forma de vida por el éxito. De hecho, hacemos la misma vida familiar que antes, y les siguen gustando las lentejas y las patatas", dice Pablo antes de que Paula manifieste su sorpresa, "porque hay muchos restaurantes de esos caros que te ponen unos platos enormes con muy poca comida; la verdad es que me duele pagar un dineral por esa cosita tan adornada que te comes".

Monchísimo es el bar de Moncho, otro de los amigo de Estopa, y allí hacen unas patatas con alioli extraordinarias, según David y Jose. Moncho, un treintañero que se ríe aparatosamente curvándose hacia atrás como para tomar impulso, afirma: "Les veo capacitados para afrontar el fracaso, porque el éxito no ha variado su vida. Les veo igual que cuando, echada la persiana del bar, se quedaban tocando la guitarra hasta las tantas". Hoy, los Estopa, en cuya última portada evocan las salidas del bar de Moncho, están tomándose unas cañitas en su bar para hacerse unas fotos, y "la gente vuelve a fijarse en ellos y a darles la tabarra". Como dándole la razón a Moncho, los alumnos de un colegio salen de clase, y los chavales se arremolinan en torno a Jose y David. Contempla divertido la escena El Coces, otro de los amigos del barrio. "Mola que los coleguitas hayan triunfao como el bacalao, y mola que yo me haya equivocado, pues les decía que, o se las comían dobladas, o no llegarían a ninguna parte. Mira, no se las han comido y ahí están", dice antes de evaluar estos últimos años que tanto han significado para su amigos. "Hombre, yo sigo igual, en la misma fábrica y con ganas de conseguir pasta para irme de casa y ponerme a vivir con mi novia; pero con los precios que tienen los pisos, cualquiera se mete en uno".

Jose y David han tenido la suerte de poder pagar más de un piso con el dinero que han ganado en cuatro años, pero su aspecto y sus costumbres aún no tienen nada que ver con los usos de las personas acaudaladas. "Lo que nos gusta a nosotros es bastante barato", dicen los hermanos Muñoz a modo de resumen. Incluso por medio de canciones como Pastillas de freno mantienen vínculos con un pasado fabril que poco a poco va siendo historia. Porque, en definitiva, aunque su vida no haya cambiado en los aspectos fundamentales, como dice Queco, "imagínate el cambio que representa para una persona pasar de 140.000 pesetas de sueldo base y levantarse a las cinco de la mañana a ser un personaje popular que gana una buena cantidad de dinero haciendo lo que le gusta". Eso son Estopa, los personajes que han situado en la geografía española la ciudad satélite de Cornellá, un lugar donde sólo en apariencia las cosas no han cambiado en los últimos cuatro años.