11.08.06

Crónica concierto Jerez (10/08/06)

Permalink 12:21:47, Categorías: Noticias, Crónicas Gira UltraRumba 2006  

Todos quieren a Estopa. Desde señoras maduras hasta escolares imberbes. Desde hombres con bigote y brazos cruzados durante hora y tres cuarto de concierto hasta adolescentes histéricas que gritan 'guapos'. Herederos estéticos y sentimentales de la rumba de venta en gasolineras que hablaba de caballos galopando por las venas y presidios tenebrosos, los hermanos Muñoz, David y Jose, son tan tangibles y comunicativos dentro del escenario como fuera de él. Probablemente, la cercanía con su público sea uno de los ingredientes fundamentales que hacen funcionar a las mil maravillas la fórmula Estopa. Un tanto menos secreta que la de la Coca-Cola, pero igualmente indescifrable para su gran masa de adictos y para los que compiten por arrebatar cuota de mercado al poderoso fenómeno (véase la copia cutre de Melendi: algo así como lo que es la Casera cola a la Coca-Cola).
En la noche del pasado jueves, "bajo el influjo de la luna llena", esta entelequia musical sustentada en la rumba catalana fundida con 'todo lo que le echen' puso patas arribas el jerezano Campo de La Juventud y a los miles de seguidores que lo poblaron. Los adalides de este género híbrido, los chicos de Cornellá, demostraron, tras repasar sus grandes himnos entre más de una veintena de canciones, por qué hay grupos de segunda fila, músicos de 'garrafón', y por qué hay grandes 'marcas' que nunca decepcionan.

Y no. No es sólo porque Estopa cuente los temas de sus cuatro discos por singles. Tampoco es porque sus canciones contengan estribillos machacones que pueden corear, y de hecho corearon, un espectro generacional tan amplio de seguidores. Su éxito ni siquiera depende de forma tan intensa de su lírica urbana, extraída de la periferia, ni de sus letras de aplastante cotidianeidad y cruda realidad. Para colmo, sus voces no son un portento. Y los gorgoritos, junto al movimiento pélvico, parece que los dejaron en la Seat de Cornellá estampados contra algún salpicadero de un coche.

¿Dónde radica entonces su éxito tan brutal entre el público más comercial? ¿En qué lugar reside el factor que les ha consagrado como uno de los grandes hitos del pop (en el sentido más amplio) nacional de la última década? Me inclino a pensar que en la extremada sencillez y naturalidad con la que cantan, conectan con sus fieles y hacen cultura popular sin prejuicios ni pretensiones.

Se sienten currantes siempre, aunque aquello en cierto modo quede lejos. Maldicen a las ETTs, homenajean a los obreros, y David, como un crooner de apariencia desaliñada y vistiendo camiseta con un furioso Hulk estampado (otra referencia pop), pide ovaciones para los técnicos de sonido, para los que cargan y descargan, para los camioneros de su gira Ultrarumba… Así son ellos: de voces quebradas, movimientos torpes en escena, idas y venidas, y nerviosa conexión consanguínea. Como Sabina, pero accesibles; como Sabina, pero a base de marihuana. Más risas, más olvido, más pasotismo. Esto-Es-Estopa.

Pastillas de freno, Tu calorro, Monstruos, Vacaciones, No quiero verla más… Una a una, y siempre dejando grandes hits en la reserva, van cayendo temas a lo largo del generoso directo. Poco a poco, David se torna más demoledor y entregado, y Jose más profuso y simbiótico en el acompañamiento de su hermano. Enorme, por otra parte, Angie Bao a la batería, cabecilla de un puñado de músicos brillantes que propician el éxtasis psicosomático que sucede cuando se escuchan los primeros acordes de El del medio de Los Chichos. Ahí todo el público se entrega definitivamente. Sólo baja los brazos en los remansos de cada canción. Subidas y bajadas. Los asistentes se suben a una montaña rusa rumbera llamada Estopa de la que no quieren bajar en toda la noche: Me falta el aliento, Ya no me acuerdo, Fuente de energía... El cuerpo aguanta sin problemas hasta los bises, que son reclamados por bulerías: cierra la noche Como Camarón. Tremenda.

En la España tardofranquista, Los Chichos se aventuraban a cantar a la cruda realidad, al ronquido sordo de una sociedad que empezaba a desperezarse. Eso queda algo lejos en pleno siglo XXI, y más, para las generaciones que ahora botan haciendo los cuernos en los conciertos de Estopa. Pero ellos, en cambio, no esconden que la calle sigue siendo un lugar inhóspito en el que ocurren las situaciones más extremas: un subidón de droga que hace volar, un enamoramiento imposible o un 'exilio' en un lavabo. De esas calles son las personas que decía Andy Warhol, padre del pop-art, que en un futuro tendrían sus quince minutos de fama. Estopa ha emergido de ellas, y sin renuncias, ya hace mucho que sobrepasaron ese tiempo estimado. No se sabe muy la causa exacta, pero cuando público, mercado y crítica dicen 'i love Estopa', uno no puede más que desistir.

Fuente: www.diariodejerez.com

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